He soñado que apoyaba la cabeza en su pecho y me acariciaba el cabello. Su bello corazón era impetuoso, y el mío permanecía sereno.
Su nombre será Flor de cerezo.

By Flor de cerezo
Enseguida te vienen a la cabeza escenas de meñiques seccionados, japos con gafas de sol que sacan una 45 de la sobaquera y todo ese tipo de cosas.
La primera imagen que me formé fue la de una señorita de escasa estatura enfundada en un rígido kimono, caminando a pasitos muy cortos mientras provocaba un rumor de sedas antiguas y venerables. En mi ensoñación, la dulce muchacha llevaba las manitas ocultas en las mangas y sonreía mucho, aunque ocultaba una afilada y reluciente espada de samurai en algún recóndito pliegue de la ropa. Su rostro, metódicamente maquillado de un blanco impecable, giraba lateralmente de forma muy graciosa, como una mantis, y de su diminuta boca, pintada como una cerecita sonriente, fluían tintineantes advertencias.
Por todo eso, cuando abrí la puerta de casa y me encontré a una especie colegiala retasada mental me quedé bastante desconcertado. Yoko me dio la mano sin dejar de sonreír, como si fuera una azafata bien adiestrada. Ya me habían advertido que estudiaba derecho internacional, que sólo hablaba inglés, que era muy simpática y que estaba muy solicitada. Yo me había mostrado reticente cuando me informaron de que Carmen estaba de vacaciones y que iba para largo, pero me insistieron mucho en que Yoko era formidable. Así que bueno, ahí estábamos. Yoko y yo.
Se guardó el dinero en un diminuto bolso de plástico amarillo, con un gesto muy gracioso de su pequeña mano. "Casa muy bonita, yo gusta", dijo, riéndose. No paraba de reírse, era muy agradable. "Yo empiesa ahola, sí", decidió. Me indicó por gestos que me sentara en el sofá, se colocó unos auriculares diminutos y empezó a bailar, sin demasiada gracia aunque con muchísimo entusiasmo, mientras se marcaba un striptís (ahora se escribe así)
Casi no me dio tiempo a recuperarme de la sorpresa que me causó el tamaño de sus tetas, porque Yoko, cuando se terminó la canción, se abalanzó sobre mi bragueta como si alguien la hubiera empujado por detrás. Antes de que pudiera sobreponerme al sobresalto me había sacado el pájaro y lo estaba cubriendo con un condón de color rosa que olía a fresa.
Fue como si hubiera metido la polla por accidente en el orificio de un aspirador industrial. Yoko tenía un estilo entusiasta, por decirlo así, y giraba la lengua alrededor del glande con una pericia y un vigor enternecedores. Era una lengua preciosa, como un animalito joven y bien adiestrado. Al mismo tiempo me sujetó los huevos con sus deditos delgados, cuyas uñas, larguísimas y pintadas de dibujitos hechos con purpurina, rozaban la piel como una suave amenaza. Tal vez algún cliente, amedrentado por su estilo vehemente, hubiera intentado sacar la polla de allí para salir corriendo.
Yoko hacía un ruidito muy curioso, como de lechoncito mamando, y movía la cabecita adelante y atrás con mucha suavidad. En aquel momento me entró un tremendo arrebato de ternura. Era una chica encantadora, y su pelo olía muy bien, como a jazmín. Antes de correrme le acaricié la nuca, no pude evitarlo. Hacía mucho que no me corría así. Hasta vi estrellitas y me mareé un poco. Yoko se levantó, sonriente y guiñando los ojitos, muy satisfecha. "¿Tú gusta?", dijo. Era una preciosidad. En aquel momento me di cuenta de que no me daba la gana de que se lo hiciera nunca a nadie más. Pensé con cierta ternura en lo pequeña y frágil que se vería en el doble fondo de la furgoneta, y tomé nota mental de que debía llevarme el libro de cocina, porque no recordaba la receta de la lengua de vaca a la vinagreta.
Lengua de vaca a la vinagreta:
Retirar del caldo, escurrir y entibiar.
En ciertas zonas, la salsa se completa con cebolla picada y trocitos de aceitunas.
P.D. Añadid un pellizquito de cilantro.

By Gelito
La llamaban "la nevera".
Nunca supe si era por su corpulencia o porque era cierto que podía tumbar una nevera de una patada. Tampoco tuve huevos de preguntárselo, así que me quedé con la duda.
A Helga y a su prima, que también se llamaba Helga, las conocí en la despedida de soltero de mi amigo Fernando. A mí la que me gustó fue la otra, la Helga pequeña. No es que fuera pequeña, era bastante normal, pero al lado de su prima, de la nevera, parecía un enano de bosque o algo así. Bueno, ella y cualquiera. La nevera había sido campeona de halterofilia, pero se jodió una rodilla y se metió en el asunto del cine porno y de las despedidas de soltero. Decía que no valía para estar detrás de una mesa. Prefería levantarlas a peso, con su prima encima. Hicieron un número cojonudo, rollo dominanta y tal.
Pero bueno, lo que os decía; a mí me gusto la prima, la pequeña. Le di con disimulo mi número de teléfono y le dije que si quería hacerme un pase privado le pagaría lo que quisiera. Al día siguiente se presentó en casa, con su carita de turista despistada y una minifalda de cuero pasada de moda. El día antes me había puesto tan cachondo que se la metí por detrás en en recibidor mismo, levantándole la faldita, mientras ella se apoyaba en el escritorio de madera de raíz de cerezo que me legó mi madre. No le dio tiempo ni de guardarse en el bolso los 500 euros y ya estaba amorrada contra el espejo, arriba y abajo, intentando sincronizarse con mis empujones.
Al día siguiente empezaron mis problemas, porque apareció la nevera en mi casa. Bueno, venían las dos, aunque yo sólo vi a la pequeña. La nevera estaba a un lado de la puerta para que yo no la viera por la mirilla. Cuando abrí, la nevera me agarró del cogote y me levantó un palmo del suelo. Me dijo algo acerca de haberme follado a su prima con mi polla de maricón, o algo así. No lo entendí muy bien porque ella hablaba un español muy raro y además yo me estaba ahogando. Cuando vio que me estaba poniendo lila y que empezaba a babear me soltó. Me pegó un discurso rarísimo, mientras agitaba el índice delante de mi nariz. Después le pegó una colleja a la enana y la sacó a empujones del piso. Y ahí empezó mi drama. Por lo que entendí, la nevera decidía con quién se acostaba su prima, y me dijo que ahora yo debía hacérmelo con ella y pagarle otros 500. Yo estaba flipando, y además seguía sentado en el sofá intentando tomar aire. La nevera se desnudó sin hacer numerito ni nada y sacó una bata con volantes de una bolsita del supermercado. Después apagó las luces y empezó a bailar.
La verdad es que la tía tenía bastante gracia para moverse y una enorme sensualidad natural. Tenía verdadera distinción, para entendernos. Y eso no se aprende. Era una mujer muy femenina atrapada en un cuerpo demasiado grande. Aunque una vez desnuda era mucho más proporcionada de lo que me había parecido el día antes. Al final me agarró en brazos, me puso el condón y ella misma se metió la polla sin que yo llegara a tocar el suelo. Me manejaba como si yo fuera un artefacto comprado en una tienda, y eso que peso casi 80 kilos. Fue algo bellísimo. Me abandoné al cataclismo natural, a la fuerza de la naturaleza que era la nevera. Cuando se corrió pegó un grito y me apretó contra sus pechos. Yo acabé llorando de emoción. Nunca me había sentido tan resguardado y tan a salvo con una mujer.
Nos hicimos muy amigos. A mi me gustaba hablar con ella. Me interesaban de verdad sus cosas, porque ella me gustaba de verdad. Nos íbamos al barrio viejo a tomar copas de vino. Me hablaba de sus padres y de su infancia, y al final me tomó mucho afecto. Una vez le partió la mandíbula e un codazo a un segurata que me pegó un empujón. En serio, al tio le quedó la barbilla justo debajo de la oreja.
Las cosas se jodieron por culpa de un peluche. En serio, un peluche. Uno que tenía su prima y que usaba para los numeritos. Era muy grande, y la prima hacía como que se lo tiraba. Eso mi me ponía a cien. Y la prima estaba celosa de la nevera, eso era lo malo. Celosa en plan profesional, quiero decir. Estaba acostumbrada a ser la estrella. En fin, un día la prima apareció en casa con el peluche. Yo aguanté dos minutos justos antes de tirarme sobre ella.
La nevera se enteró, porque su prima le fue con el cuento, claro. Era muy arpía, la enana. Logré salvar la amistad con la nevera, y con la arpía de la enana probé el wok que me regaló mi madre.
Un postre fácil y simpático: Pelad una naranja fría, colocadla en un plato de postre o un tazón y bañadla en chocolate negro fundido. El contraste de temperaturas y sabores es una delicia.
By Gelito.












