Esta tarde he permanecido entre las flores.

By Flor de cerezo
Las flores son monarcas efímeras y frágiles. He cerrado los ojos y me he sentido una de ellas. La encargada de la floristría era muy bella, como sólo pueden serlo los que tienen el corazón limpio. Me ha sonreído cuando le he confesado que me siento feliz entre las flores. Tal vez vuelva a visitarla, a ella y a las flores que cuida. Podría hacer de su piel mi patria, al menos durante una noche. Sé que es de las que pueden habitar los besos y los silencios, porque sólo ellos pueden sonreír así.
He soñado que apoyaba la cabeza en su pecho y me acariciaba el cabello. Su bello corazón era impetuoso, y el mío permanecía sereno.
Su nombre será Flor de cerezo.
He soñado que apoyaba la cabeza en su pecho y me acariciaba el cabello. Su bello corazón era impetuoso, y el mío permanecía sereno.
Su nombre será Flor de cerezo.

By Flor de cerezo
Yoko
Resulta difícil imaginar el aspecto de una chica japonesa cuyo oficio sea ejercer la prostitución. Me refiero, por supuesto, al caso de que uno carezca de referencias directas. Yo recordaba vagamente que confundir a una geisha con una prostituta era una grosería de notable gravedad, y recordaba también que los japoneses son un tanto vehementes cuando se les ofende, lo cual no es difícil, por otro lado, pues sus rituales y protocolos son de lo más complejo y ceremonioso. Son puntillosos y tienen mala leche, para entendernos.
Enseguida te vienen a la cabeza escenas de meñiques seccionados, japos con gafas de sol que sacan una 45 de la sobaquera y todo ese tipo de cosas.
La primera imagen que me formé fue la de una señorita de escasa estatura enfundada en un rígido kimono, caminando a pasitos muy cortos mientras provocaba un rumor de sedas antiguas y venerables. En mi ensoñación, la dulce muchacha llevaba las manitas ocultas en las mangas y sonreía mucho, aunque ocultaba una afilada y reluciente espada de samurai en algún recóndito pliegue de la ropa. Su rostro, metódicamente maquillado de un blanco impecable, giraba lateralmente de forma muy graciosa, como una mantis, y de su diminuta boca, pintada como una cerecita sonriente, fluían tintineantes advertencias.
Por todo eso, cuando abrí la puerta de casa y me encontré a una especie colegiala retasada mental me quedé bastante desconcertado. Yoko me dio la mano sin dejar de sonreír, como si fuera una azafata bien adiestrada. Ya me habían advertido que estudiaba derecho internacional, que sólo hablaba inglés, que era muy simpática y que estaba muy solicitada. Yo me había mostrado reticente cuando me informaron de que Carmen estaba de vacaciones y que iba para largo, pero me insistieron mucho en que Yoko era formidable. Así que bueno, ahí estábamos. Yoko y yo.
Se guardó el dinero en un diminuto bolso de plástico amarillo, con un gesto muy gracioso de su pequeña mano. "Casa muy bonita, yo gusta", dijo, riéndose. No paraba de reírse, era muy agradable. "Yo empiesa ahola, sí", decidió. Me indicó por gestos que me sentara en el sofá, se colocó unos auriculares diminutos y empezó a bailar, sin demasiada gracia aunque con muchísimo entusiasmo, mientras se marcaba un striptís (ahora se escribe así)
Casi no me dio tiempo a recuperarme de la sorpresa que me causó el tamaño de sus tetas, porque Yoko, cuando se terminó la canción, se abalanzó sobre mi bragueta como si alguien la hubiera empujado por detrás. Antes de que pudiera sobreponerme al sobresalto me había sacado el pájaro y lo estaba cubriendo con un condón de color rosa que olía a fresa.
Fue como si hubiera metido la polla por accidente en el orificio de un aspirador industrial. Yoko tenía un estilo entusiasta, por decirlo así, y giraba la lengua alrededor del glande con una pericia y un vigor enternecedores. Era una lengua preciosa, como un animalito joven y bien adiestrado. Al mismo tiempo me sujetó los huevos con sus deditos delgados, cuyas uñas, larguísimas y pintadas de dibujitos hechos con purpurina, rozaban la piel como una suave amenaza. Tal vez algún cliente, amedrentado por su estilo vehemente, hubiera intentado sacar la polla de allí para salir corriendo.
Yoko hacía un ruidito muy curioso, como de lechoncito mamando, y movía la cabecita adelante y atrás con mucha suavidad. En aquel momento me entró un tremendo arrebato de ternura. Era una chica encantadora, y su pelo olía muy bien, como a jazmín. Antes de correrme le acaricié la nuca, no pude evitarlo. Hacía mucho que no me corría así. Hasta vi estrellitas y me mareé un poco. Yoko se levantó, sonriente y guiñando los ojitos, muy satisfecha. "¿Tú gusta?", dijo. Era una preciosidad. En aquel momento me di cuenta de que no me daba la gana de que se lo hiciera nunca a nadie más. Pensé con cierta ternura en lo pequeña y frágil que se vería en el doble fondo de la furgoneta, y tomé nota mental de que debía llevarme el libro de cocina, porque no recordaba la receta de la lengua de vaca a la vinagreta.
Enseguida te vienen a la cabeza escenas de meñiques seccionados, japos con gafas de sol que sacan una 45 de la sobaquera y todo ese tipo de cosas.
La primera imagen que me formé fue la de una señorita de escasa estatura enfundada en un rígido kimono, caminando a pasitos muy cortos mientras provocaba un rumor de sedas antiguas y venerables. En mi ensoñación, la dulce muchacha llevaba las manitas ocultas en las mangas y sonreía mucho, aunque ocultaba una afilada y reluciente espada de samurai en algún recóndito pliegue de la ropa. Su rostro, metódicamente maquillado de un blanco impecable, giraba lateralmente de forma muy graciosa, como una mantis, y de su diminuta boca, pintada como una cerecita sonriente, fluían tintineantes advertencias.
Por todo eso, cuando abrí la puerta de casa y me encontré a una especie colegiala retasada mental me quedé bastante desconcertado. Yoko me dio la mano sin dejar de sonreír, como si fuera una azafata bien adiestrada. Ya me habían advertido que estudiaba derecho internacional, que sólo hablaba inglés, que era muy simpática y que estaba muy solicitada. Yo me había mostrado reticente cuando me informaron de que Carmen estaba de vacaciones y que iba para largo, pero me insistieron mucho en que Yoko era formidable. Así que bueno, ahí estábamos. Yoko y yo.
Se guardó el dinero en un diminuto bolso de plástico amarillo, con un gesto muy gracioso de su pequeña mano. "Casa muy bonita, yo gusta", dijo, riéndose. No paraba de reírse, era muy agradable. "Yo empiesa ahola, sí", decidió. Me indicó por gestos que me sentara en el sofá, se colocó unos auriculares diminutos y empezó a bailar, sin demasiada gracia aunque con muchísimo entusiasmo, mientras se marcaba un striptís (ahora se escribe así)
Casi no me dio tiempo a recuperarme de la sorpresa que me causó el tamaño de sus tetas, porque Yoko, cuando se terminó la canción, se abalanzó sobre mi bragueta como si alguien la hubiera empujado por detrás. Antes de que pudiera sobreponerme al sobresalto me había sacado el pájaro y lo estaba cubriendo con un condón de color rosa que olía a fresa.
Fue como si hubiera metido la polla por accidente en el orificio de un aspirador industrial. Yoko tenía un estilo entusiasta, por decirlo así, y giraba la lengua alrededor del glande con una pericia y un vigor enternecedores. Era una lengua preciosa, como un animalito joven y bien adiestrado. Al mismo tiempo me sujetó los huevos con sus deditos delgados, cuyas uñas, larguísimas y pintadas de dibujitos hechos con purpurina, rozaban la piel como una suave amenaza. Tal vez algún cliente, amedrentado por su estilo vehemente, hubiera intentado sacar la polla de allí para salir corriendo.
Yoko hacía un ruidito muy curioso, como de lechoncito mamando, y movía la cabecita adelante y atrás con mucha suavidad. En aquel momento me entró un tremendo arrebato de ternura. Era una chica encantadora, y su pelo olía muy bien, como a jazmín. Antes de correrme le acaricié la nuca, no pude evitarlo. Hacía mucho que no me corría así. Hasta vi estrellitas y me mareé un poco. Yoko se levantó, sonriente y guiñando los ojitos, muy satisfecha. "¿Tú gusta?", dijo. Era una preciosidad. En aquel momento me di cuenta de que no me daba la gana de que se lo hiciera nunca a nadie más. Pensé con cierta ternura en lo pequeña y frágil que se vería en el doble fondo de la furgoneta, y tomé nota mental de que debía llevarme el libro de cocina, porque no recordaba la receta de la lengua de vaca a la vinagreta.
Lengua de vaca a la vinagreta:
Hervir una lengua de vaca en abundante caldo, con sal y verduras, hasta que quede tierna.
Retirar del caldo, escurrir y entibiar.
Pelar toda la lengua, y retirar adherencias. (Hay quienes vuelven a darle un hervor luego de sacarle la piel)
Ya limpia, cortar en rodajas finas y preparar la vinagreta con ajo, perejil y huevo duro, bien picaditos, además del aceite y el vinagre. Esta vinagreta cubre las rodajas de lengua, que se colocan en una fuente de vidrio , luego se tapa y se lleva a la nevera hasta poder servir como fiambre.
En ciertas zonas, la salsa se completa con cebolla picada y trocitos de aceitunas.
P.D. Añadid un pellizquito de cilantro.

By Gelito
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