La llamaban "la nevera".
Nunca supe si era por su corpulencia o porque era cierto que podía tumbar una nevera de una patada. Tampoco tuve huevos de preguntárselo, así que me quedé con la duda.
A Helga y a su prima, que también se llamaba Helga, las conocí en la despedida de soltero de mi amigo Fernando. A mí la que me gustó fue la otra, la Helga pequeña. No es que fuera pequeña, era bastante normal, pero al lado de su prima, de la nevera, parecía un enano de bosque o algo así. Bueno, ella y cualquiera. La nevera había sido campeona de halterofilia, pero se jodió una rodilla y se metió en el asunto del cine porno y de las despedidas de soltero. Decía que no valía para estar detrás de una mesa. Prefería levantarlas a peso, con su prima encima. Hicieron un número cojonudo, rollo dominanta y tal.
Pero bueno, lo que os decía; a mí me gusto la prima, la pequeña. Le di con disimulo mi número de teléfono y le dije que si quería hacerme un pase privado le pagaría lo que quisiera. Al día siguiente se presentó en casa, con su carita de turista despistada y una minifalda de cuero pasada de moda. El día antes me había puesto tan cachondo que se la metí por detrás en en recibidor mismo, levantándole la faldita, mientras ella se apoyaba en el escritorio de madera de raíz de cerezo que me legó mi madre. No le dio tiempo ni de guardarse en el bolso los 500 euros y ya estaba amorrada contra el espejo, arriba y abajo, intentando sincronizarse con mis empujones.
Al día siguiente empezaron mis problemas, porque apareció la nevera en mi casa. Bueno, venían las dos, aunque yo sólo vi a la pequeña. La nevera estaba a un lado de la puerta para que yo no la viera por la mirilla. Cuando abrí, la nevera me agarró del cogote y me levantó un palmo del suelo. Me dijo algo acerca de haberme follado a su prima con mi polla de maricón, o algo así. No lo entendí muy bien porque ella hablaba un español muy raro y además yo me estaba ahogando. Cuando vio que me estaba poniendo lila y que empezaba a babear me soltó. Me pegó un discurso rarísimo, mientras agitaba el índice delante de mi nariz. Después le pegó una colleja a la enana y la sacó a empujones del piso. Y ahí empezó mi drama. Por lo que entendí, la nevera decidía con quién se acostaba su prima, y me dijo que ahora yo debía hacérmelo con ella y pagarle otros 500. Yo estaba flipando, y además seguía sentado en el sofá intentando tomar aire. La nevera se desnudó sin hacer numerito ni nada y sacó una bata con volantes de una bolsita del supermercado. Después apagó las luces y empezó a bailar.
La verdad es que la tía tenía bastante gracia para moverse y una enorme sensualidad natural. Tenía verdadera distinción, para entendernos. Y eso no se aprende. Era una mujer muy femenina atrapada en un cuerpo demasiado grande. Aunque una vez desnuda era mucho más proporcionada de lo que me había parecido el día antes. Al final me agarró en brazos, me puso el condón y ella misma se metió la polla sin que yo llegara a tocar el suelo. Me manejaba como si yo fuera un artefacto comprado en una tienda, y eso que peso casi 80 kilos. Fue algo bellísimo. Me abandoné al cataclismo natural, a la fuerza de la naturaleza que era la nevera. Cuando se corrió pegó un grito y me apretó contra sus pechos. Yo acabé llorando de emoción. Nunca me había sentido tan resguardado y tan a salvo con una mujer.
Nos hicimos muy amigos. A mi me gustaba hablar con ella. Me interesaban de verdad sus cosas, porque ella me gustaba de verdad. Nos íbamos al barrio viejo a tomar copas de vino. Me hablaba de sus padres y de su infancia, y al final me tomó mucho afecto. Una vez le partió la mandíbula e un codazo a un segurata que me pegó un empujón. En serio, al tio le quedó la barbilla justo debajo de la oreja.
Las cosas se jodieron por culpa de un peluche. En serio, un peluche. Uno que tenía su prima y que usaba para los numeritos. Era muy grande, y la prima hacía como que se lo tiraba. Eso mi me ponía a cien. Y la prima estaba celosa de la nevera, eso era lo malo. Celosa en plan profesional, quiero decir. Estaba acostumbrada a ser la estrella. En fin, un día la prima apareció en casa con el peluche. Yo aguanté dos minutos justos antes de tirarme sobre ella.
La nevera se enteró, porque su prima le fue con el cuento, claro. Era muy arpía, la enana. Logré salvar la amistad con la nevera, y con la arpía de la enana probé el wok que me regaló mi madre.
Un postre fácil y simpático: Pelad una naranja fría, colocadla en un plato de postre o un tazón y bañadla en chocolate negro fundido. El contraste de temperaturas y sabores es una delicia.
By Gelito.
